Aquel día, sospechosamente, papá, mamá y nosotros teníamos que salir por la tarde a comprar ropa para el verano que ya teníamos encima, así que tuviste que quedarte sólo en casa. Pero no pasó mucho tiempo antes de que te llamaran para que fueras al bar de tus sobrinos. Habían comprado un pipote de madera nuevo: el vino es un elemento muy importante en cualquier bar que se precie, y al fin y al cabo, habías trabajado durante 40 años en una bodega, así que tu opinión era importante para ellos.
Te vimos aparecer desde el otro lado de la ventana, con ese paso rápido que siempre llevabas, como si no quisieras desaprovechar un solo segundo del día. Cosas de haber vivido en unas épocas difíciles donde ganarse el pan propio y el de tus hijos costaba tanto y tanto esfuerzo. La puerta estaba entreabierta, el bar parecía oscuro…
Y al entrar nos viste. Viste a tus hijos, nietos, sobrinos y toda la gente que te quería, esperándote con una tarta de cumpleaños en las manos y felicitándote una y otra vez. Aún recuerdo tu cara. Tu cara agradecimiento sincero. Y qué tonto abuelo, ni mil fiestas como aquella podrían haberte agradecido a ti todo lo que habías hecho y harías por nosotros. Pero tú nunca pensabas en lo que dabas, no conocías qué era el egoísmo, y que las personas que te importaban estuvieran ahí, preparándote una humilde fiesta sorpresa, era mucho más de lo que hubieras pedido.
Y ahora acabo de perderte, y no sé qué va a ser de mí la próxima vez que llegue a casa y no estés, o qué va a ser de tu hija y de tu nieta cuando se levanten y no te encuentren desayunando. No sé cómo voy a poder vivir sin haberte dicho todo lo importante que eres para nosotros, todo lo que te queremos. Después de todo, todo lo que somos te lo debemos a ti.
Cuídate allá donde estés, nosotros seguiremos soñando contigo, despiertos o dormidos, alegrándonos de haberte tenido en nuestras vidas.
Te quiero abuelo.
Imagen: http://www.flickr.com/photos/berlinmeineliebe/2820394905/





1 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada